The Boy Who Could Fly Dos años después de la oda al videojuego que fue The Last Starfighter, Nick Castle se destapa aquí con una mágica historia de amor entre Eric, un chico autista, y su nueva vecina, Millie. Hasta aquí podría ser una típica narración de amores imposibles, pero en los 80 el factor fantástico hacía su aparición de la manera menos esperada siendo, en este caso, la posibilidad de que el chico pueda volar, el factor que sobrevuela (nunca mejor dicho) toda la trama. Esa incorporación de un elemento de fantasía al argumento de un melodrama convencional, desarrolla una historia que tiene más que ver con el realismo mágico que con el romance adolescente. Y es que la década de los 80 se caracteriza en muchos casos por películas como éstas, que sin ser grandes obras, sí están dotadas de un aura fantástica que, más allá del factor nostalgia, aportan un algo más que las haga sobrevivir a un posterior revisionado. Tal vez la película se encuentre con algunos lastres, como la evidente falta de ritmo en el tramo inicial y un excesivo uso de personajes y situaciones tópicas de la época; pero sí sabe emocionar cuando ha de hacerlo y ahí es donde reside la principal virtud del filme. Milgrom
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